secundaria


La eficiencia energética (parte 1)



La energía condiciona nuestras vidas y la política internacional, y es el principal factor de la degradación ambiental. Hoy dependemos en un 80% de los combustibles fósiles para resolver la inmensa mayoría de nuestras necesidades, lo que nos permite gozar en las zonas ricas de un alto nivel de vida, pero con consecuencias cada vez más apreciables, desde los problemas de suministro, causa de buena parte de los conflictos del último medio siglo, a la amenaza del cambio climático o la realidad cotidiana de la contaminación atmosférica. Hay problemas de abastecimiento y recursos, pero sobre todo el límite que nos impone la capacidad de la atmósfera para absorber el dióxido de carbono que se emite en la combustión del carbón, el petróleo y el gas natural. El límite real no son los recursos, sino los sumideros.

Por estas y otras razones, a lo largo de este siglo habrá que realizar la transición energética ordenada y gradual hacia un modelo energético descarbonizado y cada vez más eficiente, sin olvidar el importante problema de proporcionar un nivel de vida digno al 80% de la población mundial que vive en la pobreza, lo que sin duda requerirá un importe aumente del consumo energético.

Algunos ponen sus esperanzas en la energía nuclear. Pero ésta, que sólo produce electricidad y apenas representa el 6% del consumo mundial (el 2% con una metodología que tenga en cuenta sólo la electricidad producida y no el calor de la fisión), plantea problemas no menos graves, como los residuos radiactivos, la proliferación nuclear (véase Irán, India, Pakistán o Corea del Norte), la seguridad o los costes económicos reales de todo el ciclo. Muchos pensamos que la solución pasa por el desarrollo de las energías renovables, que ya aportan el 14% del consumo mundial, y que a medio y largo plazo podrán cubrir todas nuestras necesidades energéticas, sin agravar el cambio climático, sin dejar una herencia de residuos radiactivos y sin ocasionar conflictos por los recursos, pues en todos los lugares hay suficiente sol o viento, y el hidrógeno será la principal forma de almacenamiento y el vector energético clave de una economía futura.

Pero el proceso será lento y gradual, requerirá varias décadas, un esfuerzo prolongado y un importante desarrollo tecnológico, que posibilite reducir los costes. Dios aprieta, pero no ahoga. En el pasado el agotamiento de los bosques nos forzó a entrar en la era de los combustibles fósiles. Hoy afrontamos una nueva transición, llena de oportunidades y desafíos, hacia un modelo energético descarbonizado. La energía es un elemento básico para el buen funcionamiento de nuestro sistema económico, desde la industria a la agricultura y los servicios. Gracias a ella nuestra calidad de vida ha mejorado, como lo ha hecho la movilidad o el confort, liberándonos de pasar frío o calor.

Pero, al mismo tiempo, la producción, la transformación, el transporte y el consumo de energía es la mayor causa de deterioro ambiental. Para tratar de hallar un equilibrio, la Unión Europea se ha marcado tres prioridades interrelacionadas para la política energética: asegurar el abastecimiento energético, la competitividad y la sostenibilidad ambiental. La competitividad mejora la eficiencia del sistema energético, y ha supuesto una importante mejora la generación de electricidad así como un rápido aumento del consumo de gas natural, el más limpio entre los combustibles fósiles. La Unión Europea y, dentro de ella, España en particular (importamos el 80% de nuestro consumo energético), es una de las regiones más dependientes, al tener que importar el petróleo y gas que consume en su práctica totalidad.

Tras más de una década de precios energéticos relativamente bajos, en los últimos años hemos asistido a un importante incremento de los mismos, tanto de los del petróleo como los del gas natural, a causa de las tensiones en Oriente Próximo (invasión de Irak, el conflicto de Israel con los palestinos, Líbano y Siria), la creciente demanda mundial, sobre todo con la incorporación de China e India a la nueva economía, así como la disminución de las reservas de hidrocarburos, lo que configura un escenario de precios altos y crecientes, y nuevas tensiones en el abastecimiento futuro.

En este contexto de dependencia y precios al alza, agravados por el déficit comercial y la inflación, la variable ambiental es cada vez más importante, tras la entrada en vigor en 2005 del Protocolo de Kioto. La producción, transformación y consumo de energía representa cerca del 82% de las emisiones de gases de invernadero de la Unión Europea, además del 77% de las emisiones de sustancias que contribuyen a la formación del contaminante ozono troposférico, el 66% de las sustancias que ocasionan las lluvias ácidas, el 81% de las emisiones de partículas e importantes emisiones de metales pesados (mercurio, plomo y cadmio).

Pero los impactos no se reducen a la emisión de sustancias contaminantes, pues incluyen también la generación de todo tipo de residuos a lo largo de todo el ciclo de extracción, transformación y consumo, los vertidos accidentales de petróleo (no olvidemos el Prestige), el consumo de agua, la degradación a veces irreversible de los ecosistemas, el ruido y el deterioro de los paisajes. Las centrales nucleares apenas generan emisiones, no sufren los problemas de suministro de otras fuentes y dan más garantía de suministro que algunas energías renovables intermitentes, pero crean un problema no menos grave e irresoluble, como los residuos radiactivos, para los cuales aún no se ha desarrollado una forma de eliminación, además de los altísimos costes de todo el ciclo nuclear, la seguridad o los peligros que conlleva la proliferación nuclear.

Desafíos y oportunidades

Mientras que el PIB creció en España un 43,7% entre 1990 y 2004, el consumo de energía primaria en el mismo periodo aumentó un 54,4%, la demanda de energía eléctrica creció un 78,8%, la de gas natural un 491% y el petróleo un 48,2%. En los últimos diez años, entre 1996 y 2005, el consumo de electricidad en España ha sido el más alto de toda Europa. El crecimiento de los consumos de energía primaria, final y electricidad fue superior al del PIB en la práctica totalidad de los años, lo que supone un retroceso de la eficiencia, sin parangón en el resto de los países de la Unión Europea. La intensidad eléctrica final creció un 27,9% entre 1990 y 2005, y el consumo eléctrico por habitante creció un 3,7% anual.

Para el periodo 2005-2011 el Gobierno prevé un aumento anual del 2% del consumo eléctrico por habitante, que pasará de 5.504 kWh/habitante en 2005 a 6.216 kWh en 2011. El consumo de energía final por habitante creció de media un 2,7% anual entre 1990 y 2005, y el gobierno prevé un crecimiento del 1,7% medio anual por habitante en el periodo 2005-2011. Las tarifas eléctricas españolas son de las más bajas de la UE. La disminución de las tarifas y la ausencia casi total de impuestos ambientales, finalistas o no, que internalicen los costes ambientales y sociales, explica en gran parte el aumento del consumo y la pérdida de eficiencia.

A ello se une el crecimiento de la actividad económica, y sobre todo la ausencia total de programas de gestión de demanda encaminados a aumentar la eficiencia, y en general la falta de voluntad política que tuvieron los gobiernos del PP para implantar programas de ahorro y eficiencia. A pesar de que el gas natural emite la tercera parte de CO2 por unidad de energía que el carbón, las emisiones aumentarán, e igualmente crecerá la dependencia energética.

Según el documento del gobierno Planificación de los Sectores de Electricidad y Gas 2005-2011, presentado en marzo de 2006, la demanda de electricidad final aumentará el 3% anual en el periodo 2005-2007 y un 2,4% en 2007-2011, con una media del 2,6% anual para el periodo 2005-2011. Para alcanzar los objetivos del segundo Plan Nacional de Asignación 2008-2012 (aumento de las emisiones de los gases de invernadero del 37% en 2008-2012 respecto a 1990), es necesario adoptar medidas y partidas presupuestarias adicionales a las ya aprobadas por el Gobierno para aumentar la eficiencia energética, reducir los consumos energéticos más despilfarradores, cambiar los modelos de consumo y aumentar la participación de las energías renovables.

Los documentos del gobierno Revisión 2005-2011 de la Planificación de los Sectores de Electricidad y Gas 2002-2011, así como la Estrategia de Ahorro y Eficiencia Energética 2004-2012, contemplan un aumento del 62% de las emisiones en 2011 respecto a 1990. Sin una importante reducción del consumo de carbón, será imposible cumplir los objetivos de emisiones. El carbón tiene indudables ventajas para España, como sus grandes reservas muy repartidas, a diferencia del petróleo y el gas natural, pero es también el combustible fósil con mayor impacto ambiental, por lo que es conveniente una importante reducción, mientras no se desarrollen las tecnologías que permitan un uso compatible con la sostenibilidad, como la gasificación del carbón y el almacenamiento subterráneo del CO2.

Consumo y dependencia

El consumo de energía primaria en España ha pasado de 91,8 Mtep (millones de toneladas equivalentes de petróleo) en 1990 a 145,1 Mtep en el año 2005 (un 58% de aumento), año en el que la dependencia energética alcanzó el 79,2%. El grado de dependencia energética fue del 66% en 1990. La Revisión 2005-2011 de la Planificación de los Sectores de Electricidad y Gas 2002-2011 estima que el consumo de energía primaria será de 164,7 Mtep en el año 2011, con un crecimiento anual del 2% para el periodo 2000-2011.

El consumo de carbón disminuiría de 21,35 Mtep en el año 2005 (14,6% del consumo de energía primaria) a 13,96 Mtep en 2011 (8,5%), el de petróleo pasaría de 72,48 Mtep en 2005 (49,6%) a 74,55 Mtep en 2011 (45,3%), el gas natural de 29,08 Mtep (19,9%) a 40,53 Mtep (24,6%), la energía nuclear se mantendría en términos absolutos (de 15 Mtep a 15,1 Mtep) y disminuiría en términos relativos (del 10,3% en 2005 al 9,2% en 2011), y las energías renovables deberían alcanzar el 12,5% previsto en el año 2011, pasando de 8,4 Mtep en 2005, a 20,55 Mtep en 2011. Las energías renovables sólo representaron el 5,7% del consumo de energía primaria en el año 2005, cifra muy alejada del 12% que se quiere alcanzar para el año 2010. Será fácil alcanzar los objetivos de eólica, pero no así en el resto de las renovables, sobre todo en biomasa.

En 2005 el consumo final ascendió a 107 Mtep, repartido de la siguiente manera: el transporte representó el 36,4% (32,5% en la UE), la industria el 36,6% (incluyendo los usos no energéticos), y el resto de los sectores el 27%, correspondiendo al sector residencial el 15,5% (26,4% en la UE), los servicios el 8% (11,8%) y la agricultura el 3,5% (2,2% en la UE). En lo que se refiere a las fuentes, el petróleo representó en 2005 el 58,1% (frente al 46% en la UE), la electricidad el 19,7% (19,8% en la UE), el gas natural el 16,5% (23,1% en la UE), el carbón el 2,1% (5,5% en la UE) y las renovables el 3,5% (4,3% en la UE).

Eficiencia energética

Desde 1990 el indicador de eficiencia primaria en la UE se ha reducido un 5,9%, a una tasa media anual del 0,7%, mientras que en España, en vez de disminuir, ha aumentado a una tasa media anual del 0,7%. Desde 1985 la intensidad primaria en España ha aumentado un 5,8%, frente a una reducción del 17% en el mismo periodo en la Unión Europea. Por lo que se refiere a la intensidad final (cociente entre los consumos de energía final y el PIB), desde1993 ha experimentado en España un aumento medio anual del 0,4%, mientras que en la mayoría de los países de la UE se ha reducido.

Las correcciones climáticas o del poder de compra no logran esconder la pérdida de eficiencia, más si se tienen en cuenta los cambios estructurales debido a la pérdida de peso de los sectores industriales más intensivos en energía. Lo cierto es que la eficiencia ha disminuido, un hecho que se traduce en un mayor aumento del consumo de energía y de las emisiones de CO2. La intensidad energética ha disminuido en la industria, pero ha empeorado en el transporte y en el sector residencial.

Cogeneración

La cogeneración es la producción combinada de calor y electricidad. La potencia instalada de cogeneración ha aumentado desde 488 MW en 1991 hasta 6.250 MW en 2005, según la Comisión Nacional de la Energía. Actualmente en España existen 850 plantas de cogeneración. La Estrategia de Ahorro y Eficiencia Energética prevé instalar 1.700 MW adicionales en el periodo 2004-2012, sobre un potencial de 5.000 MW, de los cuales 3.000 MW corresponden a la industria.

La nueva potencia de cogeneración que puede instalarse en el periodo 2005-2007, según el PNA, asciende a 1.150 MW. La transposición de la Directiva Europea 08/2004/CE debería permitir el despegue de la cogeneración, siempre que la política energética del Gobierno permita su viabilidad económica, lo que no sucedió durante la última legislatura del PP. El Plan de Acción de la Estrategia de Ahorro y Eficiencia Energética 2004-2012 (E4) fija como objetivo para 2012 un total de 9.215 MW, lo que supone un incremento de 2.965 MW, muy alejado de lo posible y deseable. En 2012 la E4 prevé que la potencia alcanzable de cogeneración en la industria ascienda a 7.290 MW en la industria, 700 MW en servicios y 1.225 MW en tratamiento de residuos.

Los elevados precios del petróleo y el gas natural en los últimos años, y las escasas primas por la electricidad vertida a la red, han mermado la rentabilidad de las plantas de cogeneración, y han paralizado numerosos proyectos, además de poner bajo mínimos a las plantas existentes, lo que va en contra de los intereses del país, pues éstas son las instalaciones más eficientes desde el punto de vista energético y ambiental, y las que más contribuyen a reducir las emisiones de CO2. En 2002 España sólo produjo el 7,8% de la electricidad con cogeneración, frente al 29,9% de Holanda, el 49,1% de Dinamarca, o el 38% de Finlandia.

La Comisión Europea estableció como objetivo el 18% del total de la electricidad generada para el año 2010, frente al 9,9% en el conjunto de la Unión Europea en 2002. Las administraciones competentes deberán arbitrar las medidas necesarias (sobre todo unas primas adecuadas y un marco estable) para que nuestro país llegue como mínimo al 18% en 2010. El sector agroalimentario, y sobre todo los servicios, son los que presentan hoy unas mayores posibilidades de desarrollo. Las nuevas tecnologías, como microturbinas o pilas de combustible, podrían posibilitar un rápido desarrollo, siempre que la Administración proporcione el marco adecuado.

La cogeneración es mucho más eficiente que la producción separada, y presente otras muchas ventajas: garantía de potencia, abastecimiento más descentralizado, menores pérdidas en transmisión, adaptación a la demanda local, menor contaminación y mayor creación de puestos de trabajo. Una planta de cogeneración tiene una eficiencia que va del 60 al 80%, frente al 35% de una central termoeléctrica de carbón, el 33% de una central nuclear o el 51% de una central de ciclo combinado, si se tienen en cuenta las pérdidas en el transporte y distribución.

Usos domésticos

El consumo total de electricidad pasó de 30.209,9 GWh en 1990 a 65.918,8 GWh en 2004, con un incremento del 118,20%, superior a la media total del 88,68%. La población de hecho pasó de 39.887.140 personas en 1990 a 44.508.530 en el año 2005 y el número de hogares de 11.736.376 en 1991 a cerca de 15 millones en 2006, y además también aumentó la superficie media de las viviendas. En el año 2000 el parque edificatorio español lo componían 1.900 millones de metros cuadrados, de los cuales 1.300 millones eran viviendas principales y 600 millones viviendas secundarias, según el Censo de población y Vivienda 2001 del INE.

El número de personas por hogar se redujo de 3,4 personas por hogar en 1990 a 2,9 en el año 2000. El conjunto de viviendas familiares, incluidas las secundarias y las desocupadas, pasó de 17.220.399 en 1991 a 20.550.560 en 2000. Desde 1990 la intensidad energética del sector residencial aumentó a una tasa media anual del 3%. El aumento del número de hogares se debe tanto al crecimiento de la población, a causa sobre todo de la inmigración, como de la reducción del tamaño de las unidades familiares. La actuación más importante fue la aprobación del Código Técnico de la Edificación, y en el futuro los Decretos que revisan el RITE y el procedimiento de Certificación Energética de los Edificios (CTE).

Según el IDAE, la implantación del CTE va a suponer, para cada edificio y respecto al consumo que tendría si fuera construido según la legislación actual, un ahorro energético asociado de un 30-40% y una reducción de emisiones de CO2 por consumo de energía de un 40-55%. El consumo eléctrico por hogar pasó de 2.660,7 kWh en 1990 a 3.298,7 kWh en 2000, los usos térmicos de 0,35 tep (toneladas equivalentes de petróleo) en 1990 a 0,46 tep en 2000, y el total de 0,58 tep en 1990 a 0,74 tep en 2000. Sin embargo los consumos domésticos en España son el 57% de los consumos medios en la UE, después de aplicar las correcciones climáticas.

Es previsible que los consumos sigan aumentando. En 1975 el consumo doméstico ascendió a 4,2 Mtep (Millones de toneladas equivalentes de petróleo), en 1995 a 10,1 Mtep y en 2000 a 11,8 Mtep (15,1% del consumo final) y para el año 2010 llegará a 14,5 Mtep en el “Escenario Tendencial” o a 13 Mtep en el escenario “Ahorro Base”, lo que supone entre 1 y 0,9 tep/hogar en el año 2010, frente a 0,75 tep/hogar en 1999. En conjunto aumentará el consumo de electricidad, gas natural y energía solar (bajas temperaturas y fotovoltaica), crecerá algo la biomasa, se estabilizará el consumo de gasóleos y gases licuados de petróleo (GLP) y se reducirá el consumo de carbón.

El consumo aumentará por la mejora del nivel de vida, por el aumento de los equipamientos familiares y la demanda de mayores niveles de confort, por el aumento de la población a causa de la inmigración, la disminución del número de personas por hogar y el aumento de la superficie de los hogares, entre otros factores. Las políticas de ahorro, en el mejor de los casos, sólo lograrán reducir el aumento tendencial del consumo. Según el IDAE la calefacción representó el 46,8% del consumo residencial, el agua caliente el 20,5%, los electrodomésticos el 15,6%, la cocina el 9,6%, la iluminación el 7,3% y el aire acondicionado el 0,2%. Parte de las variaciones del consumo doméstico, sobre todo la calefacción, se deben a las variaciones climáticas.

José Santamarta Flórez es director de la Revista World Watch



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